Recuerdo haber escrito hace muchos años un artículo que, incluso, terminó convirtiéndose en un capítulo de uno de mis libros. Me parece haberlo llamado “OBDC”. Y es que estoy muy consciente de que gran parte de mi “éxito en la vida” no ha sido ninguna otra cosa más que obedecer lo que siento que Dios me ordena hacer. No hay gran virtud en mí, salvo mi disposición para obedecer.
Con el paso de tantos años y más ahora que ya he dedicado varios de ellos a estudiar la Biblia, encontré muy revelador el entender cómo surge nuestra valentía, una muy peculiar, una que no surge de nuestra gallardía o coraje, ni de nuestra fuerza física.
La Biblia nunca presenta la valentía como un rasgo de personalidad. No es patrimonio de los más fuertes, ni virtud de los más seguros de sí mismos, esos que ni siquiera parecen conocer el miedo. En las Escrituras, la valentía nace de una certeza mucho más profunda: actuar aun con miedo y atreviéndose a actuar así porque Dios está presente.
Por eso, el verdadero valor no consiste en dejar de sentir temor, sino en el reto de obedecer a Dios aun cuando el corazón tiembla.
El miedo siempre nos enfoca a hacernos las mismas preguntas debilitantes: «¿Y si fracaso? ¿Y si me equivoco? ¿Y si pierdo?».
La fe...
“La fe es la confianza de que en verdad sucederá lo que esperamos; es lo que nos da la certeza de las cosas que no podemos ver”. —Hebreos 11:1 - NTV
La fe responde con una convicción diferente: «Aunque no conozca el desenlace, conozco al Dios que camina conmigo».
No sé si recuerdas cuando eras niño, muy pequeño, y llegó el primer día de ir a la escuela. Muchos tuvimos miedo. Era, quizá, la primera vez en que salíamos tan lejos de casa. ¿Cómo hacíamos para experimentar valentía? Muchos la empezamos a sentir porque, en camino hacia la escuela, íbamos acompañados de papá (o mamá). Ese “ir juntos” nos hacía sentir más seguros, tanto así que cuando llegábamos a la escuela y teníamos ahora que bajarnos del transporte para entrar solos, ahí sí el miedo se incrementaba enormemente. Ese momento en donde hasta el llanto aparecía en más de uno, porque ahí ya nos sentíamos solos, sin que papá o mamá pudieran caminar más a nuestro lado.
Pues algo muy similar pasa en nuestra relación con Dios.
La gran diferencia es que Dios sí entra con nosotros a donde quiera que vayamos.
Permíteme citarte ciertas historias bíblicas extremadamente interesantes y muy reveladoras, acompañadas de mi mirada psicoterapéutica...
Josué
Pocas personas entendieron la valentía para —y por— obedecer mejor que Josué.
Durante cerca de cuarenta años vivió a la sombra de Moisés, el hombre que había sacado a Israel de Egipto, abierto el Mar Rojo por el poder de Dios y recibido la Ley en el monte Sinaí. Cuando Moisés murió, toda aquella inmensa nación quedó bajo la responsabilidad de Josué. ¿Te imaginas el paquete que le quedó luego de que el poderoso Moisés desapareciera? Ahora, delante de él, estaban el río Jordán, ciudades fortificadas y enemigos mucho más poderosos que Israel.
No era una tarea nada fácil ni para cualquiera. Claro, naturalmente sintió miedo. Se sentía —y se sabía— incapaz de afrontar tales retos. pero, precisamente entonces, Dios le habló:
«Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas». —Josué 1:9.
Para mí, es harto significativo que Dios no le prometiera un camino sencillo (bueno, aprovecho para decirte que ni a Josué, ni a ti, ni a mí, ni a nadie). Tampoco le aseguró que nunca tendría miedo (ídem). Le prometió algo infinitamente mejor: Su presencia, su compañía.
La fuente de la valentía de Josué no era por los atributos físicos de su cuerpo, ni por su experiencia militar, ni su capacidad de liderazgo, ni una estrategia brillante. Era por la certeza que sentía de que el Dios que había acompañado a Moisés, ahora caminaría con él.
“¿Qué podemos decir acerca de cosas tan maravillosas como estas? Si Dios está a favor de nosotros, ¿quién podrá ponerse en nuestra contra?”. —Romanos 8:31 - NTV
Timoteo
Muchos siglos después, otro hombre necesitó escuchar una verdad semejante.
Timoteo era joven. Pastoreaba la iglesia de Éfeso en una época de fuerte oposición, falsas enseñanzas y persecución contra los cristianos. Su mentor, nada más y nada menos que el apóstol Pablo, escribía desde una prisión romana, sabiendo que su muerte estaba cerca.
En esa carta no le dijo: «Sé más fuerte» o «Ten más confianza en ti mismo», sino, más bien, le recordó quién habitaba en él:
«Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio». —2 Timoteo 1:7.
Investigué y la palabra griega traducida como cobardía (deilia) describe un temor que paraliza y hace retroceder. Yo creo que sería algo como “pavor”, hoy en día. Y Pablo le recuerda a Timoteo que ese espíritu de tantísimo miedo no proviene de Dios. Pablo le explica que el Señor, en cambio, concede por Su gracia, poder para perseverar, amor para servir y dominio propio para mantenerse firme cuando el miedo intenta gobernar el corazón.
Sí. Así obra Dios.
No elimina nuestros temores; nos ayuda a soportarlos mientras caminamos en obediencia, y porque descubrimos que vamos acompañados de Él.
La obediencia rara vez comienza cuando ya nos sentimos completamente preparados. Muchas veces comienza porque sentimos fe. Casi siempre empieza cuando todavía existen preguntas, incertidumbre e incluso manos temblorosas. Y no, no es el “inguesu” mexicano. Es una sensación de saberse cuidado por Dios, llevados de Su mano, para atravesar una dificultad.
La fe no espera a que desaparezca todo temor. Te insta a obedecer a pesar del temor.
Y mientras obedeces, descubres la fidelidad de Dios.
Hoy, en nuestros tiempos, el Señor no te está llamando a cruzar un Jordán ni a pastorear una iglesia perseguida. Pero bien sabes que tenemos la tasa proporcional de nuestros tiempos.
Tal vez simplemente te invita a perdonar a quien te hirió.
A reconciliarte con alguien.
A abandonar un mal hábito.
A abrir nuevamente tu Biblia.
A compartir tu fe con humildad.
A servir sin buscar reconocimiento.
A dar ese paso... ese que llevas tiempo posponiendo.
Los grandes actos de obediencia casi siempre comienzan con decisiones pequeñas tomadas en secreto.
Y es precisamente allí donde Dios forma el carácter de sus hijos.
Y mira esta belleza: cada acto de obediencia sirve para que otros contemplen el amor de Cristo reflejado en nuestro acto. A través de una conversación que rehuías y que valientemente te atreviste a sostener, por medio de una palabra oportuna, con una decisión íntegra o un servicio silencioso, Dios suele tocar corazones que jamás imaginamos... usándonos a nosotros. Cuando obedeces a Dios, tu vida se convierte en una señal de Su amor para otros.
Hoy, pídele al Señor la valentía que solo Él puede dar.
No la valentía del orgullo heroico. No, la sutil, la de la confianza. Esa que ni entendemos cómo la llegamos a sentir. Y es que mira:
«Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús». —Filipenses 4:7 - NVI
Sí. Existe una valentía especial. No la del que presume no tener miedo, sino la del que sabe que Dios jamás abandona a quienes deciden obedecerle.
Al final, la mayor seguridad del creyente nunca ha sido la ausencia de dificultades.
Siempre ha sido la presencia de Dios.
¡Emoción por entender!
Reconociendo a quienes sostienen mi escritura
Has recibido el mensaje central completo mi artículo. Dado el tema, era importante para mí compartirlo para todos así. Mi corazón me lo indicaba. Pero ahora, en exclusiva para mis lectores de apoyo, quiero compartirles algo… sensible; parte privada de mi vida, un complemento personal, de esas cosas que son muy de uno para compartirlas públicamente. Un momento de mi vida personal que dio origen a esta reflexión. Sí, he sentido miedo. Pero también enorme valentía. Aquí esta:
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Que hermoso: Nada que temer... TODO QUE AGRADECER
Me llego en un momento especial esta lectura, darle un nuevo significado a ser valiente me ayudará a reencontrame. Gracias por su publicación.